25 septiembre 2006

¿Qué se necesita para cambiar una biblioteca?

En el mismo Radar donde se publica la cuasi-apología de la secta raëliana que menciono en la entrada anterior le hacen un reportaje a Mempo Giardinelli con motivo de la publicación de su libro Volver a leer. Jamás leí a Giardinelli ni tengo una opinión formada sobre él, pero el reportaje y el fragmento publicado del libro están buenos, tanto que me tomo el atrevemiento de copipegar este último aquí:

¿Qué se necesita para cambiar una biblioteca?
He visitado muchas bibliotecas en mi vida, en varios países, y sin dudas las para mí inolvidables han sido las más lindas que he visto. Este concepto elemental de belleza, con todo lo simple que parece, es central a la hora de considerar los cambios que necesitaríamos aplicar en muchas bibliotecas argentinas, y casi diría en todo el sistema.
Una biblioteca oscura o en la que hay poca luz, en la que no te dejan sentarte cómodamente en un sillón ni tomar un café o una gaseosa, te prohíben comer y no tiene ventanas que den a un lindo jardín, que además tiene los libros siempre lejos y no te permiten tocarlos, y que encima tiene horarios incómodos (o sea que cierra a la siesta y no está abierta los fines de semana) es "¡obviamente!" una biblioteca a la que nadie quiere ir.
Este tipo de biblioteca expulsa a los lectores. En lugar de atraerlos, los echa. En vez de invitarlos, los espanta.
Queda claro, entonces: el primer cambio que hay que hacer en las bibliotecas es estético y horario. Las bibliotecas modernas en todo el mundo, al revés de las argentinas, están abiertas los sábados y domingos. Ponen sillones cada vez más cómodos para leer, e incluso echarse una siestita con los libros en brazos. Tienen cafeterías o máquinas expendedoras, u muchos estantes abiertos, mesas de revistas o canastos para que quien quiera meta mano y saque y lea lo que se le dé la gana. También los sistemas de préstamo han variado: hoy se ofrecen credenciales que acreditan ser miembro y permiten llevar libros a la casa por más tiempo y con menos trámites.
Hay algo que seguro no son esas bibliotecas: almacenes o bodegas oscuras llenas de libros que nadie lee. Que es lo que distorsiona el sentido mismo de una biblioteca, cuya misión es servir a la comunidad. De manera que si un acervo no se consulta y no tiene lectores, quiere decir que ese servicio no se está cumpliendo.
El fenómeno, sin dudas, está asociado al marketing editorial y librero. Y es que si algo cambió revolucionariamente en el mundo del libro fue la comercialización. Mientras la literatura y la paraliteratura mutaban lentamente e iban por las arduas escaleras de la escritura, las estrategias de venta de libros se dispararon por el ascensor. Basta ver las librerías actuales, que se han convertido en centros de peregrinación popular tan concurridos y económicamente poderosos como cualquier centro comercial. Y es por eso mismo que hoy hay librerías en todos los centros comerciales. "La librería "dice Trelease" se ha convertido en uno de los últimos lugares públicos donde la gente se siente tranquila y enriquecida mentalmente y en donde curiosear gratis, sin intención de comprar, es bien visto." ¿Que hay mucho robo, como denuncian y se quejan no pocos libreros? Bueno, ahí están los controles magnéticos, que también van llegando a algunas bibliotecas y resuelven el problema. Tienen un costo, desde luego, pero es un costo de inversión, no un gasto, y a la larga es redituable.
¿Y cuáles son los mejores momentos para esas peregrinaciones? ¿Cuáles los días de mayor asistencia de público? Obviamente los fines de semana y los feriados. Existen montones de estudios de mercado que indican que las ventas en librerías crecen justamente en esos días.
Bueno, ésos son los días en que casi todas las bibliotecas están cerradas. Clausuradas absurdamente, negadas a la sociedad que tanto las necesita. Vedadas para miles de chicos y chicas que "se aburren", que se revientan la cabeza viendo telebasura o jugando en redes muchas veces violentas, inmovilizantes y embrutecedoras.
No tiene ningún sentido seguir pensando que el problema es la tecnología o la "modernidad" que supuestamente alborota a los chicos y les "hace la cabeza", como suele escucharse a padres y docentes. De ninguna manera son los medios electrónicos lo que amenaza a las bibliotecas y "puede llegar a reemplazarlas", como ya sostienen algunos. Eso no es cierto, es altamente improbable si sabemos cambiar. Porque hay que cambiar, ésa es la cuestión.