27 octubre 2004

La caridad bien entendida

Uno va en el colectivo, sentado, leyendo o en trance, encerrado en sus propios asuntos y pensamientos, disfrutando de los privilegios que da el andar con un bebé a cuestas, cuando suben e interrumpen la paz bóndica con su letanía de que están enfermos de HIV-SIDA, que están internados en el hospital Muñiz, que los medicamentos son caros, etcétera. Y uno normalmente los ignoraría, como quien oye llover, no por nada uno tiene el órgano de la caridad atrofiado en grado sumo, pero la atención que está en piloto se activa y comienza a detectar particularidades en sus discursos, como que todos repiten exactamente lo mismo, palabra por palabra, lo que no es tan extraño, ya sé, todos los mangueros ambulantes tienen un versito aprendido de memoria, es parte del trabajo, tampoco es cuestión de que por improvisar nos enredemos con las palabras y fracasemos en tocar el punto sensible de los señores pasajeros y perdamos los minutos de su amable atención que nos habían prestado. Así que no es tan descabellado que varios utilicen el mismo argumento de venta, pero el lado maldito de uno desconfía ante la multiplicidad de voces que dicen lo mismo y sigue prestando atención y los escucha decir que el HIV-SIDA es una enfermedad de pobres, que el que tiene plata vive y el que no muere, lo que es una falacia de cabo a rabo, uno de esos argumentos irritantes, como el otro, que se quedó sin trabajo y antes de salir a robar prefirió humillarse y pedir limosna en los colectivos, y uno se siente amenazado no a punta de pistola (como hubiera sido en la otra opción que barajaba) sino a fuerza de palabras, "dame tu dinero o me vuelvo chorro". O el payasito hijodeputa que sube y como nadie le da bola a sus oligofrénicos holas te llama maleducado. Maleducado sos vos, pelotudo, que pretendés que festejen tus chistes racistas, machistas, estúpidos, sin gracia.
Entonces el lado maldito de uno se pone las pilas, afila las uñas, les presta más atención y cuando declaran que, de los tantos chicos pobres infectados con HIV-SIDA, sólo siete de ellos tienen la salud suficiente para salir a limosnear por los colectivos, el lado maldito se pone aún más maldito, les toma la palabra, aguza los sentidos, hace el esfuerzo de recordar los rostros y comienza a contar: Ajá, hoy subió el primero de los siete, mañana el segundo, ajá, este es otro, el tercero, bien, el cuarto, el quinto, el sexto, el séptimo, el octavo, ¿el octavo?, bueno, quizás uno de los siete originales se murió y consiguió un reemplazante, y quizás a otro le pasó lo mismo porque acaba de aparecer un noveno, y un décimo, y un decimoprimero, y un decimosegundo, y un decimotercero, y siguen subiendo y siguen multiplicándose los sidóticos mangueros, ya hay más gente de la que entraba, ya está toda la población hospitalaria del Muñiz sobre los colectivos porteños clamando que sólo siete de ellos tienen la salud suficiente para salir al mundo exterior a tratar de sobarnos la culpa de ser felices, a vendernos la consolación hipócrita de nuestras almas, la expiación de nuestra usual inacción ante las injusticias de este puto mundo, como si fuésemos responsables de la crueldad del capitalismo, de la negligencia de los gobiernos en los temas de salud y educación, de la inoperancia de la izquierda, de la perversidad de la derecha, de las pestes que castigan nuestro planeta, del calentamiento global, de la extinción del panda gigante, del corrimiento al rojo de las galaxias, y ahí están los siete que son más, muchos más, que siete, mintiéndonos por unas monedas porque saben que nosotros, en el fondo, somos buenos y estúpidos y culposos.
Y al bajar del colectivo el lado maldito de uno se alía con el lado justiciero y ambos se indignan y prenden la computadora y escriben este texto.

(El lado esotérico de uno por su parte pregunta si que digan que son siete tendrá un significado cabalístico pero nadie le da bola y ahí anda el pobrecito)