26 marzo 2015

Un cuento de Diego Escarlón inspirado en uno mío.

Hace un par de años subí un cuento de Daniel Frini inspirado en Bach ha muerto.
Bueno, acá hay otro, de Diego Escarlón, también inspirado en el mismo cuento. Algo debo de haber hecho mal para haber inspirado a tanta gente...
En fin, acá va:

Los hombres del cielo.



Cuando los hombres del cielo vinieron corrimos a subirnos a los árboles, pero después nos parecieron inofensivos, así que nos bajamos. Los hombres del cielo estaban tan contentos como si hubiesen encontrado un gusano dentro de un zugo. Nos gustan los zugos, crecen en los árboles, son jugosos y dulces y muerden menos que los bichos de los matorrales. Nos gustan los zugos, pero lo que más nos gusta es un zugo con un gusano. En realidad lo que nos gustan son los gusanos cuando vienen con un zugo alrededor. Una vez, el viejo Cerocio fue a buscar zugos y lo vieron las cabras. El viejo Cerocio siempre se quejaba cuando los jóvenes no queríamos ir a buscarle un zugo. Decía que no podía casi caminar y que los jóvenes éramos unos desagradecidos y unos holgazanes y esas cosas que decía el viejo Cerosio cuando se enojaba. Nos reímos mucho viéndolo correr como el viento, perseguido por las cabras, mientras protestaba a los gritos contra las cabras y contra los jóvenes que no queríamos ir a buscarle un miserable zugo ya que él ni podía caminar. Las cabras lo alcanzaron y se encargaron de que dejase de protestar.
Pero bueno, la cosa es que cuando los hombres del cielo vinieron estaban contentos. Bajaron del cielo en su cueva voladora y nos saludaron y nos sonrieron para todos lados. Decían que nos venían a rescatar pero la vieja Dalmaia sólo se quejaba de que habían quemado sus margaritas con la cueva voladora y el Hermano del Tunga protestaba porque se metió debajo de la cueva y se quemó como una margarita. Lo llamamos "Hermano del Tunga" no porque tenga un hermano que se llame Tunga, sino porque su madre dijo que mientras pensaba su nombre se le había ocurrido que cuando tenga un segundo hijo le iba a poner "Tunga". Nunca hubo un Tunga porque estaba tan distraída pensando el nombre que le faltaba que no vio una jauría de ovejas que bajaba del monte y ellas se la comieron. La cosa es que a Hermano del Tunga se le quemaron las pestañas y todo lo demás por andar metiéndose debajo de la cueva voladora. Después de eso sólo unos pocos volvieron a meterse ahí. Nosotros aprendemos rápido, en general.
Cuando los hombres del cielo vinieron estaban contentos y nos querían rescatar, pero les dijimos que no y que gracias. Ellos insistieron, dijeron que nosotros también éramos hombres del cielo y que íbamos a estar mejor en otro lado. La Pili dijo que quizás nos venían a rescatar de las cabras y de las ovejas. Nos reímos mucho de los hombres del cielo ese día. Pobres hombres del cielo, venir a rescatarnos de las cabras y de las ovejas cuando el viejo Oli ya había encontrado la solución hacía tiempo. Los más viejos dicen que al principio las cabras y las ovejas eran animales domésticos, pero después se desdomesticaron y se hicieron carnívoras. Ahora las cabras se comen a los animales pequeños como el Farbo, el nieto del viejo Cerosio, que quiso impresionar a la Diala haciéndoles morisquetas a las cabras. Fueron las cabras quienes impresionaron a la Diala, comiéndose al Farbo en sólo tres segundos. Por otro lado, las ovejas se comen a los animales más grandes como el viejo Oli. El viejo Oli era gordo y no podía correr tanto como el viejo Cerosio. De todas formas, cuando las ovejas se lo comieron ni siquiera tuvo tiempo de correr. Un día el viejo Oli se comió una plantapuajj y después de la siesta le empezó a doler la panza. Dijo que veía puntitos de colores flotando como mosquitos y comenzó a bailar en un pie. Le dijimos que se durmiera otra siesta a ver si se le pasaba pero lo que pasó fue una jauría de ovejas. Se lo comieron mientras dormía. Parece que no tenía buen sabor y las ovejas dejaron de molestarnos durante un tiempo. Desde ese día todos comemos plantapuajjs. No nos gustan pero tampoco nos gusta que las ovejas o las cabras nos coman. De vez en cuando una jauría de ovejas o de cabras jóvenes viene y se come a alguien. Ellas aprenden que no tenemos buen sabor y dejan de molestarnos. Nosotros aprendemos rápido, en general. No nos van a ganar unos cuadrúpedos estúpidos.
Cuando los hombres del cielo vinieron estaban contentos porque nos encontraron. Dijeron cosas sobre los rayos del sol que pegaban en unas piedras y que las piedras largaban unos rayos que nos pegaban en la cabeza. No entendimos qué pasaba con esos rayos en la cabeza, pero sí nos acordamos que nos querían llevar a todos dentro de la cueva voladora. La vieja Isidré los sacó corriendo con el palo grande que usa para espantar a las cabras jóvenes que nos persiguen cuando nos refugiamos en los árboles.
No volvimos a ver a los hombres del cielo; eran divertidos pero no nos importa, no mientras haya plantapuajjs y zugos para comer.

Originalmente apareció en Axxón 181, de enero de 2008.

24 febrero 2015

Taller de narrativa


Todos los viernes a las 19 hs, en la zona de Retiro, voy a coordinar un taller de narrativa.
Si te interesa, dejá un mensaje en la página de Facebook o mandá un mail a la dirección del afichito.

07 agosto 2014

"Mientras el cuerpo aguante" en NM

En el número 33 de la revista NM salió mi cuento "Mientras el cuerpo aguante".
Que es un cuento interesante, y no porque lo haya escrito yo (bueno, sí, porque lo escribí yo) sino porque es un cuento de terror cyberpunk con zombies. Sí, una mezcla rara que me salió así, sin proponérmelo.





En fin, aquí va el resto del sumario:

Antokoletz, Daniel, El baile de los facones.
Salesky, Gonzalo, Cinco guerreros.
Etchegoyen, Juan, H2O.
Páez S., Carlos, El Errante.
Durand, Martín, En la vieja mansión de los Tadic.
Saurio, Mientras el cuerpo aguante.
Poggi, Eduardo, Las gemelas.
Morales, Carlos, El ojo de Dios.
Zaldívar Arcos, Anthony, Una luz de esperanza en medio de la oscura noche.
Rekacz, Nanim, Ropajes.
Flores, Daniel, La playa cósmica.
Valitutti, Juan M., Extraños en la noche.
Aldunate, Federico, La reestructura.

26 junio 2014

Y ya lo ve, y ya lo ve, me antologaron otra ve(z)

Contagiados de la pasión mundialista me incluyeron en esta antología de microrelatos futbolísticos.

Y esta es la contratapa, por si quieren leer un poco sobre la antología.

[si hacen clic en las imágenes se ven mejor, no sé por qué y no tengo ganas de averiguarlo]


También pueden hojearlo virtualmente en la Internacional Microcuentística.

No sé que más decir, excepto que compren el libro. No por mí, sino por los otros autores, que, dado mi nulo interés por el fútbol, deben de haber escrito mejores cuentitos que el mío.

21 mayo 2014

Mi visita al Living

El sábado pasado estuve invitado en El Living sin Tiempo, el programa que tienen Martín Gardella y Marina Filippi en La Noventa de Devoto (90.1 Mhz).
Bueno, acá está el programa:



Y acá un video en el que se me ve leer el cuentito "A boca de jarro".

15 mayo 2014

Yendo de la cama al living sin tiempo

Este sábado, salvo motivos de fuerza mayor (digamos, se adelantó el Apocalipsis), voy a estar en El Living sin Tiempo, el programa de Martín Gardella y Marina Filippi. Van a tener que levantarse temprano, eso sí, porque va de 9 a 11 AM (Buenos Aires) por La Noventa de Devoto (90.1 Mhz).
Si no llegan a sintonizar la radio lo pueden escuchar por Internet en esta dirección.

20 abril 2014

Un error lo tiene cualquiera

Como no salieron los diarios el viernes, ayer en Página 12 vino el suplemento Las 12. Allí había una nota a una banda llamada Eruca Sativa. Jamás los había escuchado (de hecho, aún no los escuché), pero el nombre me había parecido lo suficientemente curioso como para una vez averiguar qué significaba. Por eso, presté atención al párrafo donde explicaban el significado:


Eruca Sativa es el nombre botánico de la oruga, lo eligieron porque remite a la idea de transformación y de origen, ese momento previo a tener colores y volar, en el que todavía todo es posible.

Y, debo confesarles, sentí un poco de pena por esta banda.
Porque si bien Eruca Sativa es el nombre científico de la oruga, no se trata del animalito que se convierte en mariposa (¿qué animal va a tener un nombre botánico, eh?) sino de una planta a la que se conoce como oruga, roquete, jaramago o, más comúnmente en estos pagos, como rúcula.
No puedo dejar de sentirme mal por ellos, que están convencidos que se llaman como la larva de la mariposa y en realidad se llaman como una verdura.
Y más mal me siento ahora que acabo de escucharlos y me parece que son buenos (aunque la voz de la cantante no me convence del todo).
En fin...

13 marzo 2014

Cuando yo "reporteé" a Carl Sagan

Se estrenó la nueva versión de Cosmos y todos estamos más que chochos, etc. etc., especialmente los que vivos la serie original en nuestra infancia y adolescencia y recordamos la fascinación que nos produjo ver esa obra maestra de la divulgación científica.
Bueno, en el recordar de la fascinación recordé también el "reportaje" que le hice a Carl Sagan en el número 4 de Wo Sut (marzo/abril 1982). Lo que hice fue pararme con el radio grabador frente a la tele y grabarme íntegro el audio de uno de los capítulos (el capítulo 12, Enciclopedia Galáctica) y de allí estracté "respuestas" (a veces combinando frases separadas en el capítulo) a las que yo le adosé preguntas.
Lo que quedó es esto:
¿Le parece que nos podrían visitar seres extraterrestres
En la inmensidad del cosmos debe haber otras civilizaciones mucho más antiguas y avanzadas que la nuestra. Esta idea no tiene nada de imposible y nadie sería más feliz que yo si alguien nos estuviera visitando.
¿Entonces podría ser verdad la existencia de los OVNIs?
Desde 1947 han habido cientos de miles de informes sobre OVNIs, este tema tiene que más que ver según creo, con la religión y la superstición que con la ciencia.
Pero, ¿no son evidencias suficientes las fotografías y los relatos de supuestos testigos de encuentros cercanos?
Sin nosotros saberlos podría estarnos visitando una civilización extraterrestre cada 15 días, pero no existe apoyo para esta atrayente idea. Estas afirmaciones extraordinarias no están apoyadas por evidencias extraordinarias. Hay curiosas fotografías de OVNIs a la luz del día. Algunas se ven sospechosas, como sombreros o tapas de ruedas lanzadas al aire. Las fotografías pueden ser falseadas. Más comunes son las luces no identificadas por la noche. Con frecuencia son aviones, pero el que no podamos identificarlas no las convierte necesariamente en naves espaciales. Los OVNIs resultan ser otras cosas, como la imagen refractada de un planeta luminoso o el regreso de un satélite artificial; algunas son aberraciones psicológicas, otras son engaños. Nunca existe una evidencia física contundente, una fotografía detallada tomada de cerca a una nave espacial extraña, o un pequeño artefacto extraño de manufactura extraterrestre ni tampoco un libro en jeroglíficos extraños, nunca. Desde luego, hay informes de esas cosas, pero nunca las cosas mismas.
Entonces la ciencia dejó de lado la posibilidad de vida inteligente extraterrestre...
La búsqueda de civilizaciones extraterrestres conserva su importancia a pesar de la falla impresionante de la evidencia de los OVNIs. La mayoría de los astrónomos, por ejemplo, considera la vida extraterrestre como un tema digno de vigorosa aunque cautelosa búsqueda. Por mi parte encuentro algo irresistible la idea de descubrir una prenda, quizá una simple inscripción que proporcionara la llave para entender una civilización ajena y exótica.
¿Y cómo se haría para entender lo que diría ese objeto con una inscripción, si existiera? Porque supongo que los extraterrestres tendrán otra manera de comunicarse distinta a la nuestra.
Todas las civilizaciones técnicas del cosmos, no importa cuán diferentes sean, deben de tener un lenguaje común. El lenguaje en común se llama "ciencia". Las leyes de la naturaleza son, dondequiera, las mismas. Los seres inteligentes en cada mundo comprenderán tarde o temprano las leyes de la naturaleza. Algún día, quizá pronto, un mensaje de las profundidades del espacio podrá llegar a nuestro pequeño mundo. Pero si deseamos entenderlo, debemos primero entender la ciencia.
Entonces, ¿por qué no intentan los extraterrestres comunicarse con nosotros?
Hay muchas posibles respuestas, y una de ellas es que quizá seamos los primeros. Alguna civilización técnica debe ser la primera en surgir en la historia de la galaxia; o tal vez todas las civilizaciones técnicas rápidamente se destruyen a sí mismas, pero eso me parece casi imposible. Tal vez exista algún problema en el vuelo espacial que nosotros no hemos resuelto, o tal vez ellos están aquí, pero ocultos, debido a alguna ética de no interferencia con las civilizaciones que están surgiendo.
¿Y acá, en la Tierra, no se puede hacer ningún intento de comunicarse con otras estrellas?
Puede ser que pronto comience una búsqueda por radio seria y sistemática de civilizaciones extraterrestres. Se están dando los pasos iniciales tanto en EE.UU. como en la U.R.S.S. Es comparativamente poco costosa, una búsqueda que durara décadas costaría menos que los excesos presupuestales de un solo y modesto sistema armamentista en un solo año. Nuestra tecnología es ahora totalmente adecuada para este gran desafío. Pero ningún programa de búsqueda sistemática ha sido jamás aprobado por ninguna nación de la Tierra.

Bueno, eso, nada, que quería compartir este ejercicio de exceso adolescente.
Y, ya que estamos y como la técnica ha avanzado una barbaridad desde 1982 puedo hacerlo de un modo que Sagan no lo hubiera siquiera soñado, aquí va el capítulo original, cortesía de YouTube:


28 febrero 2014

Todo el país en un libro

Me venía olvidando de avisar que hay un cuento mío en este libro y que voy a ir a la presentación dispuesto a firmar ejemplares (aunque el género literario de las dedicatorias no sea definitivamente mi fuerte).
Así que los espero, si quieren. Y si no quieren, bueno, no los espero nada y me como todos los sanguchitos yo solo (si es que hay sanguchitos, claro).

25 setiembre 2013

Un cuento de Daniel Frini inspirado en uno mío

Hace más de un año Daniel Frini me mandó este cuento, inspirado en "Bach ha muerto" y yo le dije "qué bueno, lo subo a mi blog" y nunca lo hice, de puro procrastinador que soy.
Bueno, hoy soluciono esa falta. Sin más, he aquí el cuento:

El abuelo del Gordo César quizo tocar el cielo con las manos, para lo cual construyó una catapulta que te la voglio dire.





—Los muertos pueden bajar del cielo —interrumpió el gordo César —. Cuando mi abuelo murió se fue al cielo y después bajó.

—No, gordo, tu abuelo se fue al cielo y por eso se murió. Y eso que le avisamos que no era buena idea querer ser catapultado por los aires pero no, el viejo cabeza dura se emperró en tocar el cielo y ahí lo tenés.

Más sería vicio, Saurio



No logro explicarme por qué razón éste párrafo quedó en mi memoria y, con los años, llegó a transformarse en una obsesión un tanto molesta; algo así como cuando una melodía pegadiza nos acosa y la tarareamos en cualquier momento y llega a incomodarnos; o, en mi caso, el octosílabo picaresco de Marco Valerio Marcial que dice:

No hubo en toda la ciudad
quien de balde a tu mujer
la quisiese pretender
mientras tuvo libertad.
Pero tu curiosidad
de poner a su reposo
guardas y hacerte celoso,
Vergenal, ha despertado
más de mil que la han gozado.
Eres un hombre ingenioso.

y que me valiera la expulsión del Círculo de Ajedrez Martín Fierro, cuando tuve el mal tino―deben creerme, lo hice sin darme cuenta. Daba lo mismo que hubiese silbado «La cumparsita»— de recitarlo en el velorio de su extinto presidente y en presencia de los más conspicuos socios y de su viuda, quien, de manera curiosa, no era hermosa ni fiel.
Mi psicólogo decidió por mí que debía enfrentarme a ese que llamó episodio incordioso de la memoria.
Así empecé una búsqueda que ha ocupado los últimos cincuenta y cinco años de mi vida.
No viene al caso contar ahora cómo encontré los pagos de Noles, o lo que me costó sortear los ataques de las ovejas carnívoras del Cholo, ganarme la confianza de los lugareños —algo comparable, les aseguro, a los trabajos de Hércules―; o, finalmente, bucear en la memoria de los más viejos hasta dar con las hilachas de la historia del hombre que quiso tocar el cielo: don Eulalio Medina, abuelo materno del gordo César.

Cuando don Eulalio contaba con unos veinte años, supo noviar con la Pelada Saravia —algunas matronas de Noles cuentan que ella tenía una hermosa cabellera negra, con un mechón blanco en la frente, pero carecía de pelos en la zona baja, aparentemente por efecto de tanta fricción y durante tanto tiempo―, y cierto mediodía la llevó al campito que está al otro lado de las vías. Parece que al final de aquel encuentro, la Pelada le dijo:
—Me hiciste tocar el cielo con las manos.
Eulalio le miró las manos, como queriendo encontrar alguna hilacha de nube enredada entre los dedos, pero no vio nada. Entonces, miró al cielo, que se le antojó muy lejano; y además, no le pareció que la Pelada se hubiese ido de abajo suyo en los últimos cuarenta minutos, así que fue en ese momento cuando decidió dos cosas: en primer lugar, que las mujeres eran unas mentirosas; y luego, que él sí tocaría el cielo.
A la madrugada del día siguiente, comenzó el ascenso a la montaña, llevando al hombro la escalera tijera, de madera y de tres metros, del Pepón Carnota; que, por aquel entonces era el pintor de brocha gorda del pueblo (esto pasó muchos años antes de que al Pepón se los comieran los caníbales). El ascenso; entre horcomolles, guayacanes, cinacinas y mistoles ―con una escalera a cuestas— fue penoso. Hacia el mediodía había llegado a la zona de los pastos duros y los cactus, a mitad de camino. Sobre la hora de la puesta del sol, alcanzó la cumbre. Hizo noche allí y casi muere congelado. Cuando el sol del próximo día aflojó el hielo que lo aprisionaba, se puso en puntas de pié y estiró sus manos. Sin embargo, el cielo se le antojó tan lejos como lo estaba si se miraba desde el campito de atrás de las vías. Dispuso de la escalera y se subió hasta lo más alto, resistiendo el embate del viento que venía desde el océano. El cielo seguía lejos. «Necesito ir más arriba», se dijo. Miró hacia el horizonte, pero no vió nada más alto.
Bajó de la montaña, casi derrotado y cabizbajo.
Pensó en un avión. Viajó a la capital de la provincia en el acoplado del camión del Zorrino Saravia (el mismo que se fue secuestrado en el Zepelín alemán, durante el gobierno de Pereira) y que lo acercó, gentilmente, al aeroclub. Luego de regatear el precio, subió a un viejo Bristol Fighter, reliquia de la Gran Guerra, usado para vuelos de bautismo. Nadie sabe, a ciencia cierta, qué pasó allá arriba; aunque no es difícil de imaginar. Nuevamente en tierra, los mecánicos del aeroclub debieron usar destornilladores y barretas de hierro para abrir los dedos y lograr que quitase las manos de la manija de hierro del asiento del acompañante. Ya en el taller, les llevó un porrón y medio de ginabra «La llave» lograr que aflojase los músculos y abandonase la posición de sentado.
Pensó en una gomera. Le pidió a la Señorita Aurora, la maestra (que murió tres años después, con ciento quince cumplidos), algún libro en el que pudiera ver cómo hacer para llegar más alto. Ella le dio un ejemplar de Física Elemental (Primer Tomo; José Fernández y Ernesto Galloni, Primera Edición, Buenos Aires, 1939) que —la verdad sea dicha― no le sirvió de nada; aunque algo entendió acerca de la observación y experimentación de los fenómenos físicos. Durante dos días estudió, libreta en mano, a los changos que cazaban chuñas y bichofeos en el bosquecito de talas cercano al cementerio. Después, le encargó al Turco Jamim, novecientos setenta y tres metros de elástico para ropa interior, que éste le trajo desde la capital. De un árbol de palo blanco sacó una gran horqueta, que clavó en el campo del viejo Vilchez. Plegó y replegó el elástico y usó dos matungos para tensarlo. Se acomodó en el cuero que usó a manera de bolsa; y su compadre, el Chirino Azcuénaga —algunos me contaron, en cambio, que fue el Tape Valenzuela―, cortó la soga con la que tiraban los caballos. Al contrario de lo esperado, el tiro salió rasante y don Eulalio recorrió apenas cinco metros a unos setenta centímetros del suelo. Quiso la providencia que su pié quedase enganchado en el elástico que, sin que tocara el suelo, lo llevó de regreso hacia la horqueta.
Según dijeron algunos viejos, aún convaleciente de sus quebraduras, vio por primera vez una catapulta cierto verano que llegó a Noles un cinematógrafo ambulante. Instalaron una sábana vieja y manchada, a modo de pantalla, frente a la Sociedad de Fomento, y proyectaron una de Juana de Arco, en blanco y negro y «sin ruidos».
Entonces, decidió construir una.
Volvió a pedirle ayuda a la Señorita Aurora, que esta vez no pudo socorrerlo. Buscó en los libros del cura, en la biblioteca del Juez de Paz y en la del doctor Seismandi. En ésta encontró un libro sin tapas que mostraba algunos grabados viejos, pero bastante claros. En uno de ellos representaba el asedio del castillo de Stirling, durante la rebelión escosesa de William Wallace y mostraba un tipo de catapulta al que los franceses llamaron «trebuchet», con un gran cajón de madera lleno de piedras, que actuaba como contrapeso.
Hizo una copia del grabado, a mano alzada, en su libreta y empezó a construir algunos modelos a escala. Tuvo varios fracasos, pero con perseverancia aprendió de los modelos previos, corrigió errores, probó materiales y, finalmente, decidió construir «La Gauchita».
A esa altura de su vida ya había nacido el gordo César y él acompañó a su abuelo al monte para buscar las mejores maderas, le ayudó a robar ovejas del Cholo y algunas cabras de Ña Encarnación, a las que descuartizaron para sacarles los tendones y tripas, y construir las cuerdas elásticas.
La primera prueba satisfactoria se hizo con piedras, luego probaron con una oveja cuyo balido de terror se perdió en la distancia. Finalemente, todo estuvo listo para el gran vuelo.
Fue un día de verano, apenas salió el sol. El mismo gordo César tiró del pestillo y su abuelo voló y se perdió más allá de la montaña, del otro lado del horizonte.
Aquí se acabó la historia.
Por un lado, la policía de Noles incautó La Gauchita, le pegó varios papeles en los que decía «secuestrada», que se decoloraron con el tiempo; y quedó guardada en los fondos de la comisaría, Diez años después, los policías usaron la base para hacer una carroza alegórica del terremoto del año quince, para los carnavales de Santa Antonieta (los mismos en que voló por el aire el auto del Coronel Piesetti). Treinta y siete años más tarde, se usaron los restos de la madera reseca para hacer un gran asado cierta vez que un político con aspiraciones tan grandes como sus patillas, visitó Noles.
En tanto, don Eulalio apareció a los diez días de su viaje, en la villa de Las Piedritas, a sesenta y tres kilómetros de Noles, enredado en los tunales cercanos al campo de Don Emeterio Canosa (el que después ganó la lotería, pero el Reverendo Soriano le robó el boleto). Alguien me contó que la punta de los dedos de la mano derecha de Don Eulalio Medina estaban manchados de celeste.