28 junio 2007

Va a ser una mierda Buenos Aires

Sí, como ya intuyeron los que leyeron la entrada anterior estoy indignado por el triunfo de Macri, un tipo cuya mayor virtud política es tener ojos de siberian husky. Y lo que más bronca me da es que todas las comadrejas y alimañas procesistas y menemistas salieron de sus escondites para festejar y regodearse por haber obtenido el 60% de los votos.
Pero ¿es realmente el 60%? Porque hubo una considerable cantidad de votos en blanco, impugaciones y abstenciones. No pude encontrar el porcentaje concreto, pero por lo que leí, estuvo entre el 30 y el 40% del padrón. Pongámosle que fue el 35%, total lo que me interesa aquí es hacer un cálculo apróximado, porque lo importante es la magnitud y no la exactitud.
Que no haya votado o haya votado en blanco un 35% del padrón significa que el 60% famoso es el 60% del 65% del padrón, es decir, el 39% del total de la gente habilitada para votar en Capital.
O sea, que el 61% del padrón, ya sea por acción (votando a Filmus) o por omisión (blanco, abstención, etc), no lo votó.
Repito por si no lo leyeron bien:
EL 61% DE LA GENTE DE BUENOS AIRES NO VOTÓ A MACRI
¿Interesante, verdad? La relación 60/40 sigue estando, pero en sentido contrario.
Así que bajándose del caballo, señores. Y a ver si cumplen al menos una de las promesas mágicas* de la campaña.

* Lamento no haber tenido el tiempo como para encontrar argumentos más sólidos para apoyar mi tesis, pero la campaña de Macri rebosaba de pensamiento mágico (Va a estar bueno Buenos Aires) y de argumentos muy similares a los que dan los magufos cuando se los arrincona (mareo de perdiz, "yo no respondo a insultos", etc.). No creo que el resultado sería diferente si hubiera posteado a tiempo esto, pero me sentiría menos responsable.
Como sea, no sólo votaron a un gerente que se vendió como un producto. También votaron a un charlatán New Age.

25 junio 2007

Emoto no es un celular

Las aguas bajan turbias
El otro domingo (es decir, el 10 de junio) estaba de visita en casa de mis viejos. De repente mi mamá me dice:
—Vos que sabés tanto— es mi madre, disculpen si para ella el nene es un genio — decime si es cierto eso que salió sobre el agua en la revista de La Nación.
— Todavía no la leí. ¿De qué trata la nota?
— De esos experimentos que hicieron con el agua, no sé, el otro día me mandaron un mail con lo mismo…
— A ver, mostrame.
Mi mamá fue y me trajo la revista, abierta en la nota “De agua somos” de Alicia Diaconú. Y ni bien leí “Masaru Emoto” tuve una respuesta para mi madre:
— Pura mentira —. Le iba a seguir explicando pero ya con esto me creyó (al fin y al cabo, su nene es un genio y sabe de todo, no se olviden) y pasó a otro tema.
Pero como ustedes no son mi madre (por suerte, con una me basta y sobra), seguramente querrán que justifique un poco más mi afirmación, tampoco es cuestión de andar creyéndose a ciegas lo que uno lee por ahí, ¿no?

Empecemos por el principio. Masaru Emoto dice ser doctor, lo que es una verdad a medias. Tiene un título en Relaciones Internacionales de la Universidad Municipal de Yokohama y un “doctorado en medicina alternativa” de la Open International University for Alternative Medicine de Nueva Delhi. Esta es una academia por correspondencia que no tiene el más mínimo reconocimiento internacional y cuyos títulos no valen nada. Lo que no significa que no tengan valor económico: el de Emoto por ejemplo cuesta 900 dólares y una tesis de al menos 300 páginas sobre algún tema relacionado con la medicina “alternativa”. Y no, no hay necesidad de cursar, sólo mandar la plata y la tesis y uno ya es doctor (Telerman tome nota, si vous plait).
O sea, para dejárselos claro: este “investigador” tiene un título de una academia trucha y otro de una válida pero en Relaciones Internacionales. Como puede verse, no estamos hablando de alguien académicamente capacitado para la investigación en física y química.
Pero supongamos que Emoto sea un amateur genial y que, pese a carecer de formación en el área, realizó un descubrimiento que revolucionará todo lo que creemos sobre el mundo. Podría ser, ya ha ocurrido otras veces. Veamos de qué se trata su investigación.
La teoría es que el agua responde al lenguaje, a la música y a las buenas y malas ondas en general. Sus experimentos consisten en tomar recipientes con agua y pegarles cartelitos con palabras “positivas” o “negativas”, o mostrarles fotos de personajes históricos, o hacerles escuchar música clásica y heavy metal. Después pone los recipientes en el freezer y, cuando se congeló el agua, observa por microscopio cómo son estéticamente los cristales de hielo que se forman. Las aguas que fueron expuestas a estímulos “positivos” hacen cristales “lindos” y las que recibieron influencias “negativas” los tienen “feos”.
No sé si esto es tan evidente para ustedes como para mí (al fin y al cabo, mi mamá dice que soy un genio y ella no miente, al menos no mucho, creo), pero aún con las mejores intenciones estos “experimentos” tienen un sesgo subjetivo, ya que se basan en supuestos culturales de qué es lo feo y qué es lo lindo, de qué es un valor positivo y qué uno negativo. Por ejemplo, los cristales expuestos a la palabra “Amor” darían cristales bonitos, porque el amor es bonito, positivo y bueno. Pero, ¿es siempre bueno el amor? ¿No hay amores enfermizos? ¿No aman los políticos al poder? ¿Es positivo el amor que impide que una mujer golpeada abandone a su marido?
O tomemos por ejemplo la versión del experimento en la que se le mostraron a las aguas héroes y villanos históricos, como Hitler. Está bien, la mayoría de nosotros piensa que Adolfito era un mal tipo, pero conozco a varios que opinarían lo contrario y que afirmarían que al ver el nombre del Führer el agua hace cristales muy muy pero que muy bonitos, con forma de esvástica y todo, fíjese usté. Quizás esto que digo parezca ridículo porque estamos hablando de un tipo extremo, al que sólo una minoría de imbéciles tiene en buena estima, pero ¿qué pasaría si le mostramos al agua el nombre de alguien que para una buena parte de la población fue un héroe y para otros un villano? Por ejemplo, ¿qué pasaría si le mostramos un cartel que diga “Juan Domingo Perón”? ¿Saldría lindo el cristal si uno es peronista y feo si es gorila? ¿O sería un cristal ni lindo ni feo, bastante simétrico pero no tanto, si uno opina que Perón hizo algunas cosas bien y otras mal?
Sintetizando, como Emoto y sus colaboradores saben a qué estímulo se sometió cada muestra de agua, su subjetividad está ahí, influyendo en los resultados. Por más buenas y honestas intenciones que uno tenga, el riesgo de ver que los estímulos que uno considera positivos dan cristales más bonitos que los que uno cree negativos es muy grande.
Claro, la influencia de la subjetividad se evita muy fácilmente cuando uno hace ciencia como se debe. Con la prueba del doble ciego basta y sobra. Esta es una herramienta muy simple que permite eliminar cualquier sesgo subjetivo tanto de los sujetos participantes del experimento como de los investigadores, ya que ninguno sabe si la muestra es experimental o de control. En este caso particular, ni quienes sacan las fotografías de los cristales ni los investigadores del grupo de Emoto deberían saber qué palabra o estímulo correspondía a cada cristal de hielo antes de emitir sus conclusiones.
Es decir, con un ensayo de doble ciego ningún malvado incrédulo como yo podría dudar de la veracidad de las afirmaciones de Emoto. “¡Y hay más!”, como diría el locutor de un infomercial, porque James Randi (un especialista en desenmascarar charlatanes pseudocientíficos) le ofreció un millón de dólares para que realice públicamente una prueba de doble ciego a sus afirmaciones. Tentador, ¿verdad? Nadie con dos dedos de frente evitaría la oportunidad de demostrar más allá de toda duda de que lo que uno asegura que es cierto es realmente cierto y, de paso, llevarse un palo verde a su casa.
Y, sin embargo, Emoto no sólo ignoró el desafío de Randi sino que afirmó muy suelto de cuerpo que no sabe muy bien qué es eso del doble ciego.
Claro, dirán, hay dinero de por medio y no quiso manchar a su agua espiritual y melómana con el vil metal, ese poderoso caballero que es padre de todos los males del mundo. Pues no, el dinero no fue el obstáculo, porque Emoto ha montado todo un negocio alrededor de su agua políglota y sensible. Por 35 dólares más gastos de envío uno puede adquirir 8 onzas (casi un cuarto litro) de agua “índigo” (sí, como los niños) para purificar espiritualmente el agua que uno toma. ¡Más de 140 dólares por un litro de agua! A esto hay que agregarle, por supuesto, los libros, los DVDs, las conferencias y otros merchandizings ad hoc. O sea, no fue porque lo ofendió la oferta del millón de dólares que se negó a demostrar que lo que afirma es cierto.
Aparte, los “descubrimientos” de Emoto nunca pudieron ser reproducidos por investigadores independientes, una condición imprescindible para lograr la necesaria objetividad científica. Para decirlo en criollo, lo de Emoto funciona si uno cree que funciona, si no, no.
O sea, lo suyo no es ciencia. Puede ser religión, mística o curanderismo, pero no ciencia, porque exige que creamos, que tengamos fe. Emoto nos pide que creamos no sólo que el agua puede leer cualquier idioma, tiene conocimientos enciclopédicos y oído musical sino que hay absolutos en lo que se refiere a estética, ideologías e historia. Según Emoto las cosas son blanco o negro, buenas o malas, positivas y negativas (¡y una sustancia inanimada como el agua lo sabe con sólo leer cartelitos!), en su teoría no hay grises, no hay lugar a la opinión, al disenso, a la polémica. ¿Usted cree que Pappo era un gran músico? ¿Le gusta Led Zeppelín? ¡Animal! ¡Qué hace escuchando rock pesado! Hágale caso a un cubito de hielo y vaya a escuchar a Mozart si no quiere que su agua corporal se le ponga fea.
La nota de Alicia Diaconú termina con un “Ojalá sea cierto” y ahí está el punto. Vivimos en un mundo cruel, la existencia es muy desoladora y necesitamos darle un sentido, sentir que pese a todo hay esperanzas. Esta necesidad humana de ponerle sentido al sinsentido de la vida es de la que se aprovechan los estafadores como Emoto. Y esto sí que es algo de lo que hasta el agua se escandaliza.

Post Scriptum explicatorio.
Esto que acaban de leer es una nota que escribí con la intención de que me la publicaran en la Revista de La Nación. Me jugaba que por ser ex-colaborador podía tener una chance. Y si no era por esta condición, apostaba a que podía solicitar la publicación por el famoso derecho a réplica, ya que me sentía ofendido como lector y sentía que tenía la obligación moral de alertar a los lectores del diario de la estafa de Emoto.
Como se imaginarán, silencio. Ni un miserable email con un No, gracias. Quizás todavía estén considerando la nota. Quizás haya políticos honestos. No lo sé, no me importa, la puse acá y listo. No será lo mismo, pero es lo que hay.
El sauriodiablito (ese que aparece flotando sobre mi hombro junto al saurioangelito) me sopla motivos muy interesantes por los que no recibí respuesta y por los que jamás esta nota iba a ser publicada. El saurioangelito me dice que no hay pruebas de lo que el sauriodiablito dice, que quizás se les haya traspapelado el mail, que no tuvieron tiempo de contestarme, que aún no leyeron la nota, que era demasiado larga, que quién te conoce pibe, que el derecho a réplica se usa para cosas más importantes que esto.
Así que le hago caso, no reproduzco lo que el sauriodiablito me dijo (pero ya se lo imaginarán) y me doy por satisfecho con publicarlo acá.
Tampoco es cuestión, ¿no?

Lo importante es que yo no soy un experto en Emoto ni me había interesado en el tipo mayormente hasta el momento, sólo bastó ir a la entrada de la wikipedia en castellano o a la de la wikipedia en inglés para encontrar mucha de la información de la nota, y una breve googleada hizo el resto. Aclaro esto para evitar que alguien crea que escribí esto a partir de fuentes difíciles de conseguir. No, la información está allí, en sitios tan poco amigos al escepticismo como la wikipedia y accesible a cualquiera curioso sobre el tema.
Pero, como en La carta robada de Poe, que algo esté visible no quiere decir que la gente lo vea o lo quiera ver.
Bah, no sé de qué me sorprendo después del terrorífico error que cometieron mis conciudadanos porteños.