30 abril 2004

La muerte es un verso

¡Yo sabía que esto de escribir versitos no era nada sano!


Los poetas mueren jóvenes, según un estudio
Podría ser porque los poetas suelen sufrir intensamente y tienen tendencias autodestructivas, pero también podría ser porque muchos poetas alcanzan la fama de jóvenes y sus muertes prematuras llaman mucho la atención, expresó James Kaufman, del Instituto de Investigación del Aprendizaje de la Universidad Estatal de California en San Bernardino, según informó Reuters.
En su investigación, publicada en la revista Death Studies, Kaufman estudió a 1.987 escritores que murieron hace varios siglos en Estados Unidos, Europa del Este, China y Turquía; informó IBLNews.

Los poetas mueren más jóvenes que los novelistas, los dramaturgos y otros escritores, dijo un investigador estadounidense

El científico clasificó a los autores como escritores de ficción, poetas, dramaturgos, ensayistas, historiadores y biógrafos. Pero no estudió las causas de su muerte.

"Entre los escritores norteamericanos, chinos y turcos, los poetas murieron mucho más jóvenes que los autores que no escribían obras de ficción", escribió Kaufman en el estudio. "En toda la muestra, los poetas murieron más jóvenes que todos los escritores, tanto los de ficción como los de no ficción".

Como Kaufman estudió a algunos escritores que vivieron hace cientos de años, es posible comparar la edad promedio a la que murieron con la de la población general. "Como promedio, los poetas vivieron 62 años, los dramaturgos 63, los novelistas 66 y los escritores de obras que no son de ficción vivieron 68 años", dijo Kaufman en una entrevista por correo electrónico.

Kaufman también estudió la incidencia de enfermedades mentales entre los poetas. "Lo que encontré fue muy consistente con los hallazgos de muerte. Las poetas tenían más tendencia a las enfermedades mentales que cualquier otro tipo de escritor o cualquier otro tipo de mujer eminente", informó. "He bautizado esto como el Efecto Sylvia Plath", dijo.

Syvia Plath fue una poeta y novelista que se suicidó en 1963 cuando tenía 30 años.

Fuente: IBLNews: www.iblnews.com

07 abril 2004

¿Para quién canto yo entonces?

A la pregunta "¿Para quién escribe uno?" en algún momento yo le asigné la respuesta "Para mí mismo" con la ocasional addenda de "y para un lector igual a mí". Si bien no reniego del todo de esta contestación, me fui dando cuenta con el tiempo que tiene implícito el riesgo del texto con chistes y guiños internos.
El mismo riesgo lo corre un texto escrito "para nosotros", ya que es sólo la pluralización de la primera persona lo que ocurre. Esto de escribir para los amigos, para la tribu, para nuestro circulito de iniciados no es tan raro, casi toda (y no digo "toda" por prejuicios estadísticos y en honor a Gauss) la movida poética porteña actual es así, grupetes y cenáculos que se palmean mutuamente las espaldas en pretendidas lecturas de poesía en las que nadie escucha nada porque, en realidad, no hay nada que escuchar (la monotonía se oye pero no se escucha).
Y si pasamos a las otras personas verbales, me resulta inadmisible "escribir para alguien", escribir pensando en un público determinado. Seguro que existen las excepciones a lo que voy a decir (de la misma manera en que seguro existen los extraterrestres, pese a que jamás vi uno y creo que jamás voy a hacerlo), pero un texto con un target preciso es un texto condenado al olvido a largo plazo y con grandes oportunidades de ser mediocre.
Uno no puede suponer un lector porque si lo hace es casi seguro (nuevamente el pudor estadístico) que se escribirá un texto que, con suerte, se limitará a ser inocuo, a no producir ningún efecto en el lector, pero que, lo más probable, es que resulte paternalista y didacticoide, un texto cobarde. Suponer un lector lleva a suponer a un lector más estúpido de lo que en realidad el lector es (Italo Calvino decía algo como que uno debería suponer que el lector es más inteligente de lo que uno es y escribir tratando de aparentar ser más inteligente que este hipotético lector, idea que comparto en, digamos, un 74%).
¿Para quién escribo yo entonces? Yo escribo para nadie. Cuando escribo me olvido por completo de la posibilidad de que lo escrito pueda ser alguna vez leído, incluso por mí mismo; escribo como si no existiese el soporte físico o informático sobre el cual escribo, escribo como si hablase solo y yo fuera sordo como una tapia y absolutamente amnésico, escribo haciendo del acto de escribir un todo en sí mismo.
¿Qué gano con esto? La tranquilidad de escribir algo que quien tenga que leerlo lo leerá y quien no tenga que leerlo no lo leerá.

"Pero, Saurio, no entiendo", dirá alguno, "¿Cómo podés decir eso si muchos de tus textos le hablan directamente a los lectores, si es una característica de tu escritura hablarle a ustedes?"
Bien, querido lector (je je), no entendiste nada.
De la misma manera en que rara vez autor y narrador coinciden, rara vez coinciden el lector-personaje con el lector-físico. Yo me dirijo a unas entidades ficticias (para las cuales, dicho sea de paso, tampoco escribo) que no tienen una existencia real, que jamás la tendrán. Si el lector-físico se siente identificado con el lector-personaje allá él (o ella), no es responsabilidad mía (o es la misma responsabilidad que tengo si elige identificarse con otro personaje del texto).

Claro, como el poeta es un fingidor, quizás (y sólo quizás) todo lo escrito hasta ahora sea mentira y yo no piense así. O quizás (y sólo quizás) es este el párrafo que miente y los otros dicen la verdad.

En realidad, nadie sabe nada y si yo no callo es sólo porque soy un pedante enamorado de su propia voz.