27 diciembre 2004

El cumpleaños del pitufo

La desmemoria hace que todo esto comience en la imprecisión, con sólo la certeza de que ocurrió una noche del ochenta y cinco, probablemente un sábado (pero bien podría ser un viernes) y tal vez en invierno (aunque hacía calor), Leo, Javier y yo tomamos el tren en Colegiales hacia Florida, sin boleto por supuesto, rumbo a un festival organizado por los Bhaktis que conmemoraba el nacimiento de Krishna y que prometía una auténtica noche hindú, con suntuosa cena vegetariana. El festival se iba a realizar en una sociedad de fomento italiana de esta localidad bonaerense, vaya uno a saber por qué.
Javier llevaba su chaleco hecho con trapos de piso, Leo andaba en su época patilluda y yo hacía dos años que ni me afeitaba ni me cortaba el pelo. Lo que se dice, tres langas bárbaros. Y los tres andábamos experimentando con la filosofía oriental. Se nos daba más por el taoísmo, pero Leo y Javier solían ir seguido al Centro Bhaktivedanta, en Saavedra, no tanto porque les interesase lo que los Hare Krishna tuvieran para decir sino porque el método de enganche de la secta venía del lado del morfi gratis y ellos iban a comer de arriba. Yo jamás había ido allí y a los Krishna no me los bancaba mucho, más bien solía pelearme con ellos, trenzándome en discusiones bizantinas en las que yo intentaba romper una sólida muralla de fanatismo con una endeble argumentación dialéctica, pero la promesa de una suntuosa cena gratuita me tentaba, pese a que yo verduras como poco y nada.
En el tren sacamos los libros que cargábamos en nuestros morrales, no porque fuéramos a leer, no éramos tan autistas, sino para mostrarnos nuestras adquisiciones, con el pavoneo del coleccionista que tiene algo que el otro no. La desmemoria sólo me permite recordar que Javier tenía Los cantos de Zarathustra de Nietzche y apenas conjeturar que Leo llevaba libros de Erskine Caldwell y de Onetti. Yo probablemente llevaba Mi reino por este mundo de Jotamario, el Tao Te King y El almuerzo desnudo de Burroughs, aunque quién sabe. Tal vez llevaba Babel de Patti Smith y no lo recuerdo.
Pasa el chancho. Le decimos que no tenemos boleto. Nos mira, se ríe y se va, sin cobrarnos. "Krishna provee" parodia Leo. Seguimos hablando de libros, porque siempre hablábamos de libros, porque siempre seguimos hablando de libros. El viaje es largo hacia una localidad suburbana que desconocemos, más largo que lo que realmente es, nos sentimos viajando hacia el límite mismo de la periferia bonaerense, al corazón perdido de la provincialidad absoluta. No sé qué es lo que me sorprendía a mí, habiendo vivido en Adrogué toda la vida que llevaba vivida hasta ese momento, con una línea de trenes mucho más deficiente y destruida que en la que estábamos viajando, con un aislamiento muchísimo mayor de las luces del centro, con una cerrazón aún más pueblerina. Las vueltas de la vida harían que poquísimos meses después el viaje hasta Florida y más allá se me volviese una costumbre casi cotidiana, pero por el momento el viaje me (nos) parecía interminable y el destino incierto.
74 metros no salía desde noviembre del 84 y las perspectivas de que apareciese el cuarto número eran casi nulas, sin embargo yo iba semanalmente a las reuniones de la Asociación de Revistas Alternativas en representación de ella, a pelearme con la gente, a trenzarme en discusiones bizantinas en las que yo intentaba romper una sólida muralla de lugares comunes con una endeble argumentación dialéctica y un protodadaísmo adolescente. Tenía en mi morral algunos ejemplares de otras revistas participantes, así que los saco y nos ponemos a criticarlas, quizás con la excesiva soberbia de energúmenos que nos caracterizaba pero no por ello sin razón. Estar a la vanguardia es bueno sólo si la retaguardia te sigue a poca distancia, y nosotros nos sentíamos (porque lo estábamos) muchísimos años más adelante que nuestros colegas.
Sacar el cuero alivia la trayectoria y finalmente la estación llega. Caminamos por la avenida San Martín bajo una tormenta incipiente. Leo y Javier recuerdan alguna vez haber venido a Florida, a una fiesta, un cumpleaños, un asalto, algo, estar aburridos, subrepticiamente haberse acercado al interruptor de la luz y, cuando la oscuridad se hizo, haber salido corriendo, huyendo hacia la estación. Yo recuerdo haber venido de chico, a lo de una gente con un impreciso parentesco con mi abuela, quizás ni siquiera un parentesco real, quizás eran los padrinos de mi vieja, es posible, no sé, no vale la pena averiguarlo, no lo sabía en el momento en que le contaba esto a mis amigos así que no tiene sentido saberlo ahora. Sólo recuerdo que tenían gallinas, que me regalaron un jilguero y que terminaron suicidándose ahorcados.
También la desmemoria es inexplicable en su ausencia, ya que vívidamente recuerdo que cruzamos a una chica morocha con una remera náutica a rayas finitas azules y blancas pero no puedo siquiera intuir por qué ha quedado tan grabada en mi mente, no era linda, no tenía nada en particular que podría llamar nuestra atención, no se relaciona en absoluto con esta anécdota, nada. Pero la recuerdo mucho. ¡Ah, la psiquis humana!
Y llegamos al lugar del festival. Allí están los bhaktis, todos con túnicas naranjas & collares de flores. "¡Era hora!", exclamo, que hasta ahora los había visto con gorritas de béisbol & jeans mintiendo ser jóvenes ecologistas interesados en la filosofía hindú y el naturismo. Era la época en que acá se fundaba el Partido Verde, comenzaban los primeros rudimentos de lo que luego se etiquetaría como New Age y hasta los más escépticos estábamos entusiasmados. Por eso el hall central estaba lleno de gente interesada en lo alternativo pero no devota de Sri Krishna, que habían venido, como nosotros, a disfrutar de la "auténtica noche hindú, con suntuosa cena vegetariana" que nos habían prometido los cartelitos pegados en todos los postes de luz y semáforos de Capital y GBA.
A la izquierda del hall un puesto vendía pósters, libros, cassettes, collares, sahumerios y otros souvenires. A la derecha, en lo que sería la boletería del teatrito de la sociedad italiana de fomento, un harekrishna repartía unas bolitas de cacao y manteca tan sabrosas que es sólo su recuerdo lo que impidió que le perdonase más de una vez la vida a un bhakti cargoso. Si las han probado saben de qué hablo, si no, bueno, se han perdido uno de los pocos manjares de la cocina vegetariana. Lástima que nunca pude conseguir la receta y eso que lo que los krishnas más venden por las calles son recetarios. Aparentemente guardan el secreto. Quizás uno de los ingredientes sea droga... oooohh...
Entramos al teatro. Mucha más gente y ninguna silla. No es problema, sentarse en el piso es lo más lógico en nosotros. Una nube de pachuli satura el aire. Sobre el escenario cuelga un paño rojo con letras doradas que dicen "Hare Krsna / Krsna Krsna / Hare Hare / Hare Rama / Rama Rama / Hare Hare". Hace calor. Nos acomodamos entre las primeras filas. Detrás nuestro tres rubias taradas que no tienen idea de dónde se metieron parlotean. Nosotros, los soberbios escritores, los conocedores de todo, los langas absolutos de la subterraneidad, entramos en la conversación, haciendo gala de nuestros egos. No era nuestra intención ganarnos a las minas, no andábamos con esos planes, lo nuestro iba más por un juego de atracción-repulsión que involucraba un habla pseudomisticoide, un cuelgue semisurrealista y ráfagas de humor insensato. Nos daba resultado para vender la revista, vaya uno a saber por qué.
Pero las pibas son demasiado estúpidas y perdemos rápidamente el interés. Seguimos hablando, eso sí, pero ya sin ganas, desapasionados. Cinco krishnas entran al escenario y nos salvan. Traen un sitar, un organito de fuelle, una tumbadora, platillos y chinchines, se sientan en flor de loto y comienza la música. Leo les da treinta segundos de gracia y luego me comenta "En el Bhaktivedanta tocan mejor". Los bhaktis se detienen, no por la crítica de Leo sino porque uno de ellos empieza a hablar, con acento yanqui. Aparentemente es alguien famoso en los círculos harekrishnas, un discípulo directo y dilecto de Pravupada. O sólo es un yanqui y la dependencia cultural hace que todos lo tengan como un interlocutor más que válido. Lo que dice es un curso básico de los ciclos cósmicos del hinduismo, que el sueño de Brahma, que los cuatro Yugas, que estamos en el Khali Yuga (es decir, en el peor de todos los momentos posibles), empieza a tirar cifras en años que me hacen fruncir el upite y pensar en la mierda insignificante que somos, una brisita insignificante que puede llamarse afortunada si deja un miserable arañazo en la efímera memoria colectiva de una especie animal finita que puebla un planeta fugaz que gira alrededor de una estrella con los eones contados en un universo que se encamina irreversiblemente al caos y la muerte termodinámica. Y ya estaba irremediablemente al borde de una de mis clásicas depresiones metafísicas cuando una de las minas de atrás me comenta una estupidez y, en cierta manera, conjura el bajón. El yanqui sigue hablando y luego invita al público a sacarse dudas. La gente pregunta obviedades, que el yoga, que el vegetarianismo, que la vaca sagrada. Las respuestas del yanqui también son obvias, al borde de lo desesperante, citas textuales de los libritos de Pravupada, errores de tipeo incluidos, paparruchadas que cualquiera con un gramo de lucidez refutaría sin esfuerzo. Siento la tentación de saltar y ponerme a discutir, pero mis amigos me contienen, quizás porque saben de lo que pueden ser capaces los krishnas, quizás porque no soportarían la vergüenza que les podría hacerles pasar.
Así que el yanqui termina la conferencia y se incorpora, al igual que los otros cuatro bhaktis. Dice que nos va a enseñar a bailar a lo hindú. Cruzan los cinco la pierna derecha delante de la izquierda, moviéndose hacia el costado, cruzan los cinco la pierna izquierda delante de la derecha, moviéndose hacia el otro costado. Repiten esto una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez, y yo me pregunto si en la India bailan cumbia. "Ahoura todous" nos insta el yanqui "¡Las manitas bien ariba! ¡Ariba, ariba!" El público le hace caso y baila. Leo y Javier gruñen fastidiados. El yanqui sigue arengando con una sonrisa en los labios. Los bhaktis tocan cada vez con más entusiasmo. Yo intento seguir el paso pero me pierdo, no hay caso, ni con el ritmo más sencillo puedo. Soy un discapacitado musical, por si aún no se los he dicho.
Mis amigos me sacan iracundos hasta una cancha de básquet o de papifútbol o de ambos deportes que hay al costado del teatro. El aire libre nos alivia del calor y la decepción. De repente Javier exclama "¡Fo! ¡Fo! ¡A esa la conozco!" cuando una bhakti entrada en años pasa frente a nosotros "Es una concheta de Belgrano, la madre de" y aquí dice el nombre de alguien que la desmemoria había hecho pasar ya en aquel momento al olvido, nadie que yo conozca o que deba conocer. Crece la desilusión. Hablamos de la caretez de los harekrishnas, recordamos la vez que nos fuimos de vacaciones con Leo a San Bernardo y vimos a unas bhaktis que él conocía saliendo de una discoteca, nos quejamos del olor a pachuli, nos preguntamos qué ha sido de la espiritualidad, dudamos que estemos experimentando una auténtica noche hindú, empezamos a perder la esperanza de disfrutar una suntuosa cena vegetariana. Todo es demasiado occidental hasta ahora, ¿dónde están los elefantes pintados, dónde están los faquires empolvados, dónde están los amantes del Kamasutra? ¿Dónde estamos nosotros, al fin y al cabo?
Yiramos aburridos por el lugar, no sabemos si quedarnos o irnos, revolvemos los souvenires del puesto del hall. Yo quiero comprarme un cassette pero Leo no me deja, me dice que esa grabación no es buena, que en Saavedra venden una selección mejor, con temas más copados, un día de estos vamos y te lo comprás. Jamás fuimos. No importa, ya no me interesa, estoy muy ocupado pidiendo bolitas de manteca. La única razón por la que no maté a un krishna. Ah, ya lo dije. Javier se compró sahumerios y un póster de Krishna y Arjuna con una carga de homosexualidad latente que me llama la atención, los dos al borde de la androginia y el travestismo. Arjuna disimula un poquito más con su bigotito anchoa, pero hasta ahí nomás, esa boquita lo delata como bufarra hecho y derecho. Y el otro es un pitufo con la fofa flaccidez de los castrados.
Volvemos a darle una oportunidad al interior del teatro. No pasa nada interesante. Hay cánticos y lecturas de la traducción oficial del Bhagavad-Gita, olor a sahumerios, pelados con túnicas naranja. Salgo y pido más bolitas. Leo y Javier me siguen, puteando. No nos vamos pero tampoco nos quedamos. El público tampoco no se va ni se queda. Evidentemente hay algo que no está funcionando bien en la festividad. Las bolitas me llaman. Hay cola para pedirlas. Hay cola para comprar souvenirs. Hay cola para entrar al baño. Hay más gente en el hall que en el teatro. Hay demasiados sahumerios prendidos. Hay que hacer algo para que esto no acabe antes de tiempo.
Un bhakti anuncia que va a iniciar una representación de auténtico teatro hindú. ¡Por fin una alegría! Muchos nos sentimos tentados y la sala vuelve a llenarse. Leo y Javier no, se van, me dejan solo. No importa. Se abre el telón. Un grupo de bhaktis disfrazados hacen que actúan y tratan de contarnos como Vishnu encarna por novena vez, en esta ocasión como Sri Krishna, hacen uso de todos, absolutamente todos los tics de los actos escolares. Faltaban San Martín y la escarapela. ¡Auténtico teatro hindú, las pelotas! ¡Grunt! ¡Mmmpff!
Encuentro a Leo y a Javier sentados en la vereda de enfrente, mirando a un perro gris que los olfatea desde lejos. También hay un gato. Y está la luna, amarilla, en el cielo. Les cuento del bochorno que acabo de experimentar. No les sorprende en lo absoluto. Vuelvo a pedir más bolitas. El krishna de la ventana me reconoce y me dice que no me va a dar más. Suplico. Ruego. Le prometo comprar un ejemplar de Atma Tattva. Nada, sigue negándome las bolitas. Hijo de puta. Eso no se le hace a un adicto.
Javier y Leo volvieron. Cuatro bhaktis pasan llevando una casita en angarillas. Dentro de la casita está una imagen de Pravupada rodeada de sahumerios y flores. Esto significa que va a finalizar la representación del nacimiento de Krishna. Esto también significa que van a servir la comida, según me explican mis amigos, que saben de todas las veces que van a cenar gratarola a Saavedra. Uno de los bhaktis tropieza y casi se cae la estatuita del profeta. Se hace un silencio tenso en el teatro. Luego, al ver que el desastre no ha ocurrido, todo recupera su curso normal, desafortunadamente.
Mi ingenuidad juvenil invierte todo su capital en aumentar mi fe en la suntuosa cena vegetariana, vaya uno a saber por qué, ya que yo a la verdura no la trago y soy muy desconfiado de toda comida no preparada en mi casa. Evidentemente, la condición de gratuito pesa mucho más y por eso atravieso un mar de gentes desesperadas que quieren rapiñar morfi. Un krishna me da un vasito de plástico lleno de un líquido ligeramente amarillento, otro me extiende un platito de cotillón con un puñadito de algo que podría ser arroz hervido pero quién sabe, una montañita de algo que con buena voluntad podríamos llamar papas hervidas con perejil, un grupete de objetos vegetales imposibles de identificar y unas cositas que parecían trocitos de lombriz. La suntuosa cena vegetariana, que no alcanzaba a llenar el pequeño platito, no sé si me explico.
El desengaño hace que todo mi asco a lo vegetal predomine y el gato, el perro o Leo se comen mi ración. Pruebo el jugo, pero ni la sed atroz que tengo es razón suficiente para intentar un segundo trago. Muy dulce, aguado, de sabor indeterminado y origen dudoso, parece un té de mimbre o de cáscaras de durazno diluido con sacarina. Entre arcadas lo tiro a una alcantarilla. Le pido a Javier que vaya a buscar bolitas por mí. No va. Putea contra los bhaktis. Leo se suma a la puteada. Yo no, yo pregunto por qué no nos vamos. Porque creíamos que te interesaba. Ah, y yo creía que ustedes querían quedarse. No, nosotros no. Yo tampoco. ¡Fo! ¡Fo! ¡Grunt! ¡Grunt! ¡Mierdamierdamierda! ¡Etc.!
Llegamos a la avenida Maipú, tomamos un 59, bajamos en Lacroze y Cabildo, nos metemos en una pizzería, nos pedimos unas cervezas y una grande de muzzarella, comenzamos a olvidar a los harekrishnas, criticamos a la gente de la asociación de revistas, especialmente al bigotudo de Internéditos, amanece, la puta madre.