10 noviembre 2004

Nace la bestia

En sexto grado teníamos un maestro, Higinio Fernández se llamaba. Fumaba en pipa y era árbitro de rugby. Y fue el causante de que mis viejos me mandaran a una psicóloga a los 11 & 12 años. Un día llamó a mi vieja y le dijo que le preocupaba que yo estuviera leyendo en los recreos en vez de jugar al fútbol. Y sí, yo leía en los recreos. También jugaba a las figuritas, a las bolitas, al ahorcado y al truco. Y mangueaba palitos salados y gaseosa a los que compraban en el kiosco, caminaba y charlaba con el Mono Ramos, Vera, Baldatta, Stábile, Tibaldi y otros que no recuerdo el nombre, boludeaba por ahí, cosas por el estilo. Pero no jugaba al fútbol. Ergo, yo era un chico "raro", "retraído", "digno de prestarle atención".
Y no jugaba al fútbol por la sencilla razón de que soy malo. ¡Qué se la va a hacer, uno no nació ni moderadamente habilidoso! ¿Y qué le sucede a los pataduras? Los mandan al arco. Y si en la cancha soy malo en el arco soy peor, jamás me voy a tirar al piso para agarrar una pelota y si ésta se me viene encima, me agacho.
Y leía por la sencilla razón que era más entretenido que soportar a mis compañeros, que ya los había visto en clase, los iba a volver a ver en clase, los iba a volver a ver en el próximo recreo, los iba a volver a ver en clase, los iba a ver en el intermedio del mediodía mientras comíamos sánguches esperando las clases de inglés de la tarde, donde el ciclo se iba a volver a repetir. Demasiado tiempo para ver a las mismas personas, ¿qué hay de malo en dedicarse un ratito al mundo interior?
Quizás justamente eso, que uno se va a un mundo donde la autoridad del colegio no puede entrar, que uno se va a un mundo donde aprende a defenderse del abuso de las instituciones, donde uno se vuelve "inteligente" y desarrolla un criterio propio. Eso es peligroso, y mucho más en un colegio de curas, en el 76, en Argentina.
¡Es inadmisible que un niño lea por propia voluntad libros que no forman parte de la currícula escolar! ¡Es inconcebible que un niño lea revistas de historietas! ¡Es incomprensible que un niño escriba y dibuje fuera de las horas de literatura y plástica!
¡Un niño debe correr tras una pelota! ¡Un niño debe correr tras una pelota! ¡Un niño debe correr tras una pelota! ¡Ese es un niño sano!
¡Por favor!


Pero no sé de qué me sorprendo.
En el Euskal Echea, en el acto de fin de año, nos ponían a los seis mejores promedios de cada grado sobre unas tarimas, hacíamos una reverencia cuando nos nombraban y después recibíamos un diploma y medallas según el puesto. Ahora lo pienso y me horrorizo, un sistema tan competitivo y denigratorio (¡pobre el séptimo promedio, el octavo, el noveno, el décimo, el siguientésimo, condenados al olvido, a pasar desapercibidos!), pero de chico era lindo saber que te había ido bien, que uno se había sacado buenas notas y todo eso, tus viejos se ponían contentos, vos te ponías contento, qué sé yo.
Resulta que unos días antes de terminar sexto Higinio, fumando su pipa, dice cómo habían resultado los promedios finales. Robles, que había salido primero en cuarto y quinto, ahora estaba segundo, y yo, que había sido cuarto y tercero, ahora estaba en la primera posición. Taranco, que me odiaba y envidiaba (porque nunca podía superar mis promedios), es el que encabeza una manteada hacia mí. Y yo, que para variar estaba con una birome en la boca, termino con el paladar lastimado.
Pero no importa, porque yo tenía el mejor promedio y estaba orgulloso, pese a que odiaba ser tildado de traga y que, la verdad, jamás me esforcé por ser buen alumno, si lo era, era sin querer, sólo por leer de más, por no ser un niño normal que juega al fútbol en los recreos. Mis viejos se pusieron contentos y me premiaron llevándome al Italpark y a pasear por el Centro. Tampoco a ellos les importaba mucho la cosa del Cuadro de Honor y todo eso, sólo les alegraba que a mí me hubiera ido bien en el colegio, lo lógico en cualquier padre, creo yo. Y por eso me merecía ir al parque de diversiones, pasear por la calle Florida, ver el Fun Machine en Harrod's, hacer gala de provincianismo en la Capital.
Claro, la mamá de Robles era la Presidenta de la Asociación de Padres de Familia Cristiana, Apostólica y Románica del colegio y que su nene no fuera el Primero la puso mal y se quejó [1], así que unos días después Higinio nos comunicó que había hecho mal las cuentas y que, en realidad, el mejor promedio era el de Robles y el mío era el segundo. Con la misma presteza que comandó la manteada ahora Taranco era el que dirigía el coro de "Y llora, y llora, y llora, Saurio, llora". Yo no lloraba pero casi. No por no ser el primero, sino por haber decepcionado a mis padres, por haberles hecho gastar dinero en un agazajo que no me merecía, por ser masivamente humillado en clase, por ver que el pelotudo este no hacía nada por detener la humillación, sólo fumaba su pipa y miraba, miraba, miraba.
Total, qué importaban los sentimientos de un chico que no juega al fútbol en los recreos.


[1] De todo esto no tengo pruebas más allá de mi paranoia y mi sentido común (tantos años en un colegio hacen que uno sepa cómo se manejan las cosas), pero hagamos de cuenta de que es cierto y sigamos adelante.