07 abril 2004

¿Para quién canto yo entonces?

A la pregunta "¿Para quién escribe uno?" en algún momento yo le asigné la respuesta "Para mí mismo" con la ocasional addenda de "y para un lector igual a mí". Si bien no reniego del todo de esta contestación, me fui dando cuenta con el tiempo que tiene implícito el riesgo del texto con chistes y guiños internos.
El mismo riesgo lo corre un texto escrito "para nosotros", ya que es sólo la pluralización de la primera persona lo que ocurre. Esto de escribir para los amigos, para la tribu, para nuestro circulito de iniciados no es tan raro, casi toda (y no digo "toda" por prejuicios estadísticos y en honor a Gauss) la movida poética porteña actual es así, grupetes y cenáculos que se palmean mutuamente las espaldas en pretendidas lecturas de poesía en las que nadie escucha nada porque, en realidad, no hay nada que escuchar (la monotonía se oye pero no se escucha).
Y si pasamos a las otras personas verbales, me resulta inadmisible "escribir para alguien", escribir pensando en un público determinado. Seguro que existen las excepciones a lo que voy a decir (de la misma manera en que seguro existen los extraterrestres, pese a que jamás vi uno y creo que jamás voy a hacerlo), pero un texto con un target preciso es un texto condenado al olvido a largo plazo y con grandes oportunidades de ser mediocre.
Uno no puede suponer un lector porque si lo hace es casi seguro (nuevamente el pudor estadístico) que se escribirá un texto que, con suerte, se limitará a ser inocuo, a no producir ningún efecto en el lector, pero que, lo más probable, es que resulte paternalista y didacticoide, un texto cobarde. Suponer un lector lleva a suponer a un lector más estúpido de lo que en realidad el lector es (Italo Calvino decía algo como que uno debería suponer que el lector es más inteligente de lo que uno es y escribir tratando de aparentar ser más inteligente que este hipotético lector, idea que comparto en, digamos, un 74%).
¿Para quién escribo yo entonces? Yo escribo para nadie. Cuando escribo me olvido por completo de la posibilidad de que lo escrito pueda ser alguna vez leído, incluso por mí mismo; escribo como si no existiese el soporte físico o informático sobre el cual escribo, escribo como si hablase solo y yo fuera sordo como una tapia y absolutamente amnésico, escribo haciendo del acto de escribir un todo en sí mismo.
¿Qué gano con esto? La tranquilidad de escribir algo que quien tenga que leerlo lo leerá y quien no tenga que leerlo no lo leerá.

"Pero, Saurio, no entiendo", dirá alguno, "¿Cómo podés decir eso si muchos de tus textos le hablan directamente a los lectores, si es una característica de tu escritura hablarle a ustedes?"
Bien, querido lector (je je), no entendiste nada.
De la misma manera en que rara vez autor y narrador coinciden, rara vez coinciden el lector-personaje con el lector-físico. Yo me dirijo a unas entidades ficticias (para las cuales, dicho sea de paso, tampoco escribo) que no tienen una existencia real, que jamás la tendrán. Si el lector-físico se siente identificado con el lector-personaje allá él (o ella), no es responsabilidad mía (o es la misma responsabilidad que tengo si elige identificarse con otro personaje del texto).

Claro, como el poeta es un fingidor, quizás (y sólo quizás) todo lo escrito hasta ahora sea mentira y yo no piense así. O quizás (y sólo quizás) es este el párrafo que miente y los otros dicen la verdad.

En realidad, nadie sabe nada y si yo no callo es sólo porque soy un pedante enamorado de su propia voz.